Uruguay: Escaramuza

Desde hace algún tiempo ya, cada viaje que hago queda marcado por las librerías que voy descubriendo y los libreros y libreras que voy conociendo. Siempre voy preparada para hacerme de una buena selección de literatura infantil y juvenil (LIJ) que me sirva en mi trabajo como educadora. Y sí, lo que me lleve o no depende estrictamente de la complicidad que nazca en ese espacio y todos sus personajes. ​


En esta parada en Montevideo, Uruguay estuve en la librería Escaramuza, por recomendación de algunas cuantas personas locales y otras conocedoras de la LIJ.

Hice dos visitas. La primera, en la noche. La verdad que el edificio y la entrada te invitan a pasar. El espacio irradia cierta magia, a tal nivel que sucumbí en el paraíso LIJero de una, como si me fuera conocido. Estaba sobreestimulada y quedaba poco tiempo para cerrar el local. ​


Me propuse regresar a la mañana, con tal de tener suficientes horas para mirar, leer y escoger. Y fue entonces, al día siguiente, cuando toda la magia se convirtió en desilusión. 

Habían muchas cosas pasando dentro de la librería pero más eran los empleados como para el poco trato con los consumidores de las letras. En un salón grababan el tema de alguna canción, en una pared pintaban la promo de la FILBA, que pronto comenzaba, y justo se celebran algunos eventos en ese espacio. Un dependiente recibía nuevos libros, otro atendía la caja. Otro daba vueltas y, en el rincón LIJero, el librero cotillaba con un distribuidor sin importar la presencia de clientes y otro chico casi me pisaba los talones en cuanto libro ojeaba. Era como si antes de terminarlo ya me lo quería quitar de las manos para esconderlo en alguna estantería.

Nunca había experimentado algo similar: me sentí incómoda por querer disfrutar de la lectura. 

Sí, me he topado con libreros que desconocen su selección pero mínimo buscan conversar y ofrecerte de lo que saben. Aquí el librero se limitó a sonreírme porque escuché algo grosero que decía sobre una editorial. 

Bueno, que las ocho horas que había separado para pasarme en la casa de esos libros las reduje a tres. Y solo me llevé un libro que me había recomendado la chica que, junto a otro compañero (lástima que se me escapan los nombres), me recibió la noche anterior con algo de complicidad. 

Ah, ya casi me olvidaba: me acompañó una amiga, con planes de trabajar en el café mientras yo me perdía entre los libros. Se quedó justo el tiempo necesario para comer y tomar un café, pues nos insistieron bastante con que esa mesa había que desocuparla. Nos obligaron a ordenar antes de lo que nos dictó el apetito. Y cuando mi amiga intentó moverse para seguir en lo suyo desde el área de las estanterías también le pusieron peros y se tuvo que ir. 

Qué pena que una librería tan pintoresca y particular apeste a megatienda. Si no hubiera sido por todo lo antes contado, me hubiera llevado unas cuantas exquisiteces...


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