Según el lobo y el préstamo de libros

Hace algunas semanas propusimos trabajar con un libro sin saber que sería la puerta a una nueva dimensión literaria con los nenes. La verdad es que en aquel entonces, ni teníamos La auténtica historia de los tres cerditos de Jon Scieszka. Solo la habíamos leído un par de veces y nos había gustado bastante.

Cuando nos topamos con él causalmente, durante nuestro más reciente viaje -en el que recorrimos algunas librerías de Nueva York con producción literaria infantil y juvenil en español- aprovechamos y nos lo trajimos. La verdad es que no buscábamos nada en particular, solo auscultábamos el mercado. Y ahí estaba (esta vez editado por Penguin), diciendo "llévenme con ustedes". 

Le leemos diariamente -sin falta- a nuestros estudiantes. Casi siempre cuando regresan de la hora de recreo. Es el momento del día más esperado por ellos. Aunque muchos a penas comienzan a silabear y a conquistar la lectura, disfrutan sobremanera la literatura en todas sus formas. Antes o después, solemos tener una charla -dependiendo del libro- sobre lo que vamos a leer o sobre lo que nos pareció.

Justo esta semana, quisimos compartir la historia de los tres cerditos contada por el lobo. Pues, hace algunos días estuvimos leyendo con ellos una versión que nos gusta mucho de la Caperucita Roja y los niños estuvieron hablando de los diferentes cuentos clásicos que incluyen al lobo como personaje principal. Cuando estábamos en ello, uno de nuestros niños que habla mayormente inglés, interrumpió para preguntar si se trataba del clásico que conoce. Llegamos a pensar que él no se estaba enterando de nada. Sin embargo, nos sorprendió al final (él cual no les voy a contar) porque se adentró en un análisis filosófico sobre si era verdaderamente justo lo que le había ocurrido al lobo. Lo lamentable fue que el niño tenía tantas preguntas que las planteo en inglés y casi todos se perdieron -por razones de idioma- en el debate. Aún y cuando tratamos de traducir. Es que iba tan rápido y tenía tantas inquietudes.

Después del conversatorio, el plan era -el mismo de siempre- volver a las tareas de la tarde. Salvo, con los niños más grandes que están con muchas ganas de escribir y de vivirse el proceso de ser escritores. Pero unos cuantos más se entusiasmaron y se unieron a la tarea, incluyendo este filósofo literario emergente. Los invitamos a escribir y/o ilustrar su versión, desde alguna otra voz, de lo que verdaderamente ocurrió con los cerditos. 

Las historias que he estado surgiendo son hermosas. Y el tiempo y la seriedad que le están dedicando en escribirlas y dibujarlas es alucinante. Incluso, se han querido llevar las historias para la casa y han estado consultando sus escritos con sus compañeros y padres con tanta ilusión. Como todo se está dando de forma tan orgánica, hemos acordado compartir los resultado finales con todo el grupo. (Y seguro que lo haremos de una forma especial y lo celebraremos con ustedes por aquí).

Bueno, que no termina ahí la cosa. Esa misma tarde, después de que nuestros escritores dedicaron largo rato a sus primeros bocetos, una de las niñas nos preguntó que si se podía llevar el libro esa tarde para mirarlo con más calma en su casa. Al saber que sí, muchos quisieron hacer lo mismo con los otros libros del ambiente. Y así, surgió nuestro primer sistema de préstamo literario...

Nuestra únicas dos condiciones fueron que lo organizáramos después de terminar las tareas del día y que cuando lo devuelvan la siguiente semana tendrán que compartir alguna anécdota sobre el libro, como por ejemplo: dónde y con quién lo leyeron.  


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