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LIJ: una herramienta en perspectiva

La siguiente ponencia fue preparada y presentada en el mes de mayo por Mel Solórzano como parte del conversatorio "Perspectiva de género: herramienta para una sociedad inclusiva" que organizaron estudiantes de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Puerto Rico. 



Como comunicadora tengo la obligación ética y moral de reconocer que trabajo desde y con el PODER de la PALABRA. Esto quiere decir que soy responsable, de alguna forma, del discurso que nos construye, deconstruye y nos vuelve a construir continuamente. Por lo tanto, asumo ese tarea como un ente político –con toda la responsabilidad que esto implica- que tiene a su disposición una herramienta de empoderamiento. Y si es una herramienta, cabe preguntarse ¿cómo nos ayuda la palabra?

Ya se, es una pregunta muy amplia de respuestas muy profundas. Limitémonos, entonces, a lo que nos trajo hoy a esta mesa: ¿cómo nos ayuda la palabra a, en y con la perspectiva de género?

Antes de sumergirnos, quisiera puntualizar un asunto sobre el tan controversial concepto de perspectiva de género.  Me parece que ya se ha profundizado bastante sobre el mismo, y no es mi intención disertar sobre como lo hemos significado.

Ahora bien, pensemos en el concepto. Según la definición número cinco del diccionario de la Real Academia Española perspectiva es “un punto de vista desde el cual se analiza un asunto”. Mientras que, la Organización Mundial de la Salud (OMS), define género como los “conceptos sociales de las funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres”.

Dicho esto, entendemos la perspectiva de género como una mirada sobre como nos vamos construyendo. Y cuando miramos, detenemos la vista para evaluar algo. ​ Afirmamos, entonces, que SÍ existe una perspectiva de género aunque el Estado nos quiera convencer de lo contrario. El verdadero problema es el enfoque conservador que el SISTEMA nos quiere obligar a  asumir y que incide directamente de forma destructiva sobre nosotros y nosotras, sobre la niñez, nuestro cuerpo y en la manera en que nos relacionamos entre todos y todas. 

Y si alguien tiene duda sobre como este DESenfoque afecta de forma tan nefasta a toda la población, particularmente a las mujeres y la niñez, que me explique cómo existe un excomisionado de la Policía como Hilton Cordero, a quien se supone le confiamos nuestra seguridad desde su liderato en el Municipio de San Juan. Y peor aún, ¿cómo es que un  Edison Misla Aldarondo, quién cumplió sentencia por corrupción y abuso sexual, es permitido en posiciones de poder – como comentarista en la radio- inmediatamente que sale a la libre comunidad? En el caso más reciente, tenemos al (des)honorable alcalde Héctor O’neill, quien desafiando al Gobernador se mantuvo en su puesto, aunque abiertamente hostigó a los periodistas que le denunciaron y compró el silencio – desde su poder- de quien primero le acusó por hostigamiento sexual y generó una cadena de confesiones al respecto.

Como si pareciera poco, según las cifras de la Procuradora de las Mujeres, el año pasado, para octubre habían más de ocho mil personas que en su cotidianidad se sentían inseguras ante otras personas con las que habían compartido alguna intimidad. A tal nivel que se ampararon en una orden de protección que ni quisiera, y todos y todas aquí lo sabemos, les garantiza seguridad. El año pasado murieron, en Puerto Rico, 8 mujeres a manos de sus parejas. Y en lo que va del año,  van 10 mujeres y  1 niña.  Y para completar el trágico panorama, los agresores, en ocasiones, terminan hasta quitándose la vida.

Toca, entonces, replantearnos la pregunta: ¿de qué manera hacemos de la palabra una herramienta para reenfocar la perspectiva de género?

El discurso que nos construye Primero, hay que estar conscientes de la multiplicidad de los discursos: verbal, no verbal, corporal, visual, textual, sonoro, sensorial y olfativo, por solo mencionar algunos. ¿Quiénes, qué y desde dónde nos hablan? ¿Qué nos dicen? ¿Cómo nos lo dicen? ¿Nos afecta? ¿De qué manera?

“Las señoritas no se sientan así”. “Corres como nena”. “Aguanta como macho”.

 ¿Qué les viene a la cabeza cuándo leo estas frases? Seguro que conectan con su niñez y remontan a la memoria de situaciones en las que se las repetían una y otra vez. O capaz que recuerdan otras frases o refranes populares de esta índole. Hagamos el ejercicio, a ver cuales podemos recoger.

Foto: Raúl Reyes. En taller de Leamos Más PR: Abordando la sexualidad en la niñez desde la infancia.

Con estas frases nos vamos construyendo. Claro, y ese discurso lo asumimos sin darnos cuenta. Se nos graba, como cualquier otra canción que escuchamos en la radio. 

Eso mismo ocurre con lo que leemos. Cuando ustedes llegaron hoy aquí y se registraron nos fueron contando – en un pedazo de papel- sobre esos libros que recuerdan de su niñez. Al igual que en los otros grupos con los que he trabajado esta dinámica, junto a la educadora en sexualidad Karla Ferrer, casi todos y todas ustedes y nosotras incluidas crecimos, principalmente, con libros que tienen voces masculinas, ya sea la del autor o la del personaje principal quien se destaca por ser valiente y fuerte. En la mayoría de las veces, los personajes que son femeninos son débiles y víctimas. 

Y así es que nos van construyendo los demás discursos que nos bombardean a cada hora todos los días. 

¿Y cómo nos asumimos desde el discurso? Como educadora creo que en nuestro deber de formar, tenemos la responsabilidad ineludible de asumir la perspectiva de género desde una postura responsable, salubrista y equitativa. Si educamos desde la culpa y el terror, no podemos pretender que la niñez ni la juventud tome decisiones informadas sobre su cuerpo, emociones e identidad. Si atacamos la diversidad en todas sus manifestaciones, ¿cómo hablar de amor y respeto?

Va más de medio siglo desde que las feministas de este país estamos exigiendo que se incluya un RE enfoque en el currículo escolar,  y cada cuatro años con el cambio de gobierno es un quita y pon. A tal nivel que el nombramiento más reciente de Julia Keleher dependía de que se comprometiera a derogar la política pública sobre equidad de género existente dentro del Departamento de Educación. Y claro, así lo hizo.

Creo, personalmente, que el asunto trasciende ya de un currículo. No necesitamos uno que nos lo permita. Lo que necesitamos son herramientas para ser más críticos y críticas sobre como nos relacionamos en la cotidianidad, para que así nos podamos asumir desde el poder del discurso. Esto no es una cuestión de creencias, esto es una asunto de salud que incide sobre todos los aspectos de la vida en la cotidianidad.

En la Universidad deberíamos proteger con uñas y dientes la estabilidad del Programa de Género y exigir que todos los programas que impactan sobre el trabajo con la niñez tengan un curso que nos equipare de herramientas para relacionarnos de forma saludable. 

Literatura infantil y juvenil: en perspectiva Hace algunos años, cuando comencé a trabajar directamente con la niñez, descubrí dos cosas: 1 – que había un rezago significativo y, por ende, desinterés en las destrezas de la lectura y que esto incidía directamente en el autoestima y 2- que en la medida que hiciera una cuidadosa selección de libros, los niños y las niñas se disfrutaban mucho más la lectura y desde ese juego conquistaban las destrezas que antes les parecían imposibles.

Cuando me adentré en el mundo de literatura infantil y juvenil (LIJ) me sentí más acompañada que nunca. A través de fascinantes historias  sané muchas heridas y me fui descifrando, desde las posibilidades de otros mundo. Comprendí, entonces, que los libros eran mis armas para transformar lo técnico de la lectura en algo lúdico.

Y desde ese discurso literario, nos toca BURLAR el sistema. No podemos seguir seleccionando libros para niños y niñas donde los personajes femeninos siempre sean víctimas en espera a que las rescaten.

No tenemos que correr a eliminar todas las colecciones con personajes masculinos fuertes y salvadores. Es más bien balancear nuestras bibliotecas con más autoras, ilustradoras y personajes femeninos valientes, inteligentes y fuertes. Y ante la falta de recursos, establecer redes de préstamos entre salones, escuelas, comunidades y otras bibliotecas.

Los cuentos serios, moralistas, y adoctrinadores aborrecen a los niños, a las niñas y a los jóvenes. No podemos leerle lo que no nos gusta. Sobre todo porque se dan cuenta que estamos subestimando su capacidad.

Los gustos varían pero siempre hay una inclinación a lo absurdo, lo macabro, lo profundo, lo gracioso, a identificarse con los/las personajes o con alguna situación particular. Suelen disfrutar  del ritmo y la musicalidad de la poesía y la rima, las novelas gráficas, los libros informativos, los libros álbums (que se caracterizan por la complicidad que mantiene el texto con las ilustraciones), los que les invita a pensar y no pretende pensar por ellos/as. Todo va a depender del entusiasmo con el  que les compartamos los libros. 

Decía el filósofo y escritor Gilbert Keith Chesterton que  <<Cuando muy niños, no necesitamos cuentos de hadas, sino simplemente                 cuentos. La vida es de por sí bastante interesante. A un niño de siete años puede       emocionarle que a Perico, al abrir la puerta, se encuentre con un dragón; pero a un       niño de tres años le emociona ya bastante que Perico abra la puerta>>. 

Tenemos que aprovechar esas ganas de la niñez y de la juventud para conversar y crear sobre lo que leemos. De esta forma, nos ayudamos a comprender mejor las historias, y atendemos sus inquietudes, dándoles espacios para reflexionar, validar sus argumentos y asumirse desde otras posibilidades.  

La socióloga Michéle Petit concluyó de una investigación en Francia que           "los jovenes que leen literatura son también los que tienen mayor curiosidad por el mundo real, la actualidad, los temas sociales. Lejos de distanciarlos de los demás, este gesto solitario, salvaje, les hace descubrir cuán cercanos pueden ser del mundo real." ​ Y ese enfoque va tomando otro rumbo; una perspectiva que tenemos que asumir –recordando el poder discursivo que tenemos- retando al sistema. Mientras no responda, no podemos quedarnos de brazos cruzados y nos toca seguir juntando esfuerzos para que existan otros espacios –fuera de las salas de clases- y profesionales capacitados/as que faciliten las herramientas que irresponsablemente el Estado-Iglesia se niegan a proveer. ​


Con los y las organizadoras (estudiantes de la Escuela Graduada de Salud Pública del Recinto de Ciencias Médicas) del evento y demás ponentes.

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