De los silencios y la autocensura


"Escribimos para inventarnos un mundo mejor del que conocemos". Anaïs Nin

Hace mucho tiempo que no escribo. Ni en el blog, ni en nada. Lo más que he hecho (y como si fuera poco) fue migrar la página a esta plataforma. Bueno, que de vez en cuando le doy rienda suelta al lápiz pero me cuesta demasiado. No sé cómo logré contenerme por tanto tiempo. Soy periodista y viví casi una década de armar historias desde el teclado. Un buen día (justo se cumplen 6 años), abandoné la profesión y, aunque lo he añorado, nunca más pude comprometerme con el ejercicio de la escritura. Ni siquiera tuve la intención de hacerlo en la intimidad. (Pensándolo bien, algo similar me pasó con la natación y el deporte, pero eso es otro tema).


Bueno, por aquello de ser justa con misma, debo decir que por convicción me permití espacios para canalizar mi camino como maestra: un blog que a penas duró (Dice la Meli) y, luego, la serie (bastante escueta) que inicié en el 2015 (y que aún sobrevive) por Facebook con el #crónicasdeunamisi.


Recientemente sentí la urgencia de conciliarme con esa voz que silencié. Ni siquiera me había planteado que se tratase de una autocensura. La necesidad se asomó en medio de una lectura que hice en la Biblioteca Juvenil de Mayagüez el pasado mes de septiembre. Estaba entregada a la audiencia compartiendo uno de mis versiones favoritas de La Caperucita Roja cuando dudé de lo que leía y cambié el final; desnudé los miedos que estuve hospedando sin saberlo. Claro, debo reconocer que ya en otra presentación pública me habían censurado y humillado por el "final perverso" de Roald Dahl y algo de eso debió colarse.


Ese evento coincidió con que dejé en definitiva el salón de clases para darle vuelo a otros proyectos de esta plataforma educativa. Y casi que he abandonado las #crónicas porque intenté convencerme que no valía la pena compartir todo lo que hago como educadora (sí, es una tendencia eso de subestimarme) sino estaba directamente con la niñez.


Han tocado debates profundos para confrontarnos con un caudal de inseguridades. Ya tiré la primera piedra apostando por la lectura y el primer curso de Leamos Más tuvo una gran acogida (pronto viene la edición en SJU y la segunda parte en Mayagüez). Heme aquí hoy, intentando lanzarme al vacío, con la certeza de que respiro gracias a esta relación ineludible con las letras que el teclado revela con tanta animosidad.


No quiero comprometer el futuro del blog pero debo admitir que el acto liberador de escuchar mi propia voz da la sensación de estar nadando en las profundidades del mar con cola de pez. Ojalá y que pueda seguir cantando.


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