Bolonia, Italia (2015)

Desde que me sumergí en la literatura infantil y juvenil casi todos los viajes que hago tienen una agenda literaria bastante evidente. Por eso, pretendo recuperar algunas de las aventuras que muy probable compartí en su momento a través de las redes sociales. Ahora, la intención es sumarlas al blog por aquello de las referencias y la memoria.


Quizás no pueda recordar con lujo de detalle pero toca hacer un recorrido desde el primer viaje oficial que hicimos detrás de los libros. Con cada entrada iré compartiendo un poco de lo que vaya rescatando de mi #rutaLIJera fuera de la cotidianidad hasta llegar a los viajes más recientes.


Bueno, y cómo no empezar con Bolonia, si justamente ese primer viaje fue para estas fechas hace ya unos cinco años.


Para hablar de Bolonia toca remontarme brevemente en el 2014 cuando terminé mis estudios en España. Me regresé a finales de año a Puerto Rico solo porque surgió lo que pensaba era "el trabajo de ensueño". Al cabo de unos meses, mis amistades LIJeras me sonsacaron para que fuera a Italia a la feria más grande e importante que se celebra anualmente -en plena Cuaresma- en torno a la LIJ. Y, bueno, no pude resistirme.


Al todo concretarse tan a última hora, tocó improvisar sobre la marcha lo que se convirtió en uno de los mejores viajes de mi vida. No se si tanto por la feria o más bien por todo lo que implicó. Llegar hasta Madrid (España) fue lo más fácil y asequible. Pero por ser semana santa era casi imposible ($$$) aterrizar en mi destino final. Mientras descifraba la ruta con Bla Bla Car (un red de transporte compartido), tuve oportunidad para varios reencuentros, incluídos los LIJeros, como con María y Ana.


Sin planificarlo, cumplí varios sueños a la vez. Pues, la ruta se iba armando según la disponibilidad de los conductores. La primera parada fue en el pequeño país de Andorra. Unos años antes me había propuesta llegar hasta Los Pirineos en algún momento, y una mañana muy fría con tres desconocidos se me dio. (¡Qué la foto hable por sí sola!) No tenía mayores pretensiones que las de caminar y respirar el aire de la cordillera que hace frontera entre España y Francia. Solo quería contemplar y contener en la mirada ese paisaje.


A la mañana siguiente continúe la ruta hasta

Toulusse, una ciudad que irradiaba pura luz (tu luz) en plena primavera. Ahí me enamoré de las flores, la gastronomía y los escaparates de libros que me coqueteaban por todas las esquinas.


Dos días después pasó por mí el coche que me llevaría hasta la ciudad de Cannes. Fue un tramo bastante largo de conversar entre franceses, según podíamos. La mayor parte del rato, las risas nos hacían coincidir en el intento por entendernos. Ahí solo me quedé una noche. Tras un paseo mañanero por ese ciudad donde se celebra uno de los más importantes festivales de cine me fui rumbo hasta Bolonia.


31 de marzo. Estamos en Bolonia en la Feria Internacional de Literatura Infantil. Hoy literalmente nos perdimos entre libros de todas las lenguas y una exposición que había en homenaje a los 150 años de Alicia en el país de las Maravillas.

No se porque pero no tengo muchas más fotos de la feria, quizás en el asombro olvidé tomarlas. Para mi fue como descubrir un jardín secreto. Recuerdo que en la exposición se mostraban las versiones más populares de todos los países del clásico de Lewis Carroll. Y mira que eran muchísimas. Ahí me pasé horas.


Estuve cuando hicieron el acostumbrado anuncio - transmitido desde Suecia- al Astrid Lindgerd Memorial Award (ALMA): ese año lo ganó el Project for the Study of Alternative Education de Sur África.

Fue en esa ciudad de arquitectura renacentista que supe que los editoriales, autores e ilustradores latinoamericanos tenían voz/voces en la LIJ. Pues hasta el momento, me había principalmente expuesto al mercado europeo.

Explorė LIJ editada en tantos idiomas. De tantos países (aunque nada de Puerto Rico). Vi libros horribles; unas verdaderas joyas. Algunos se me quedaron para siempre, como por ejemplo Bárbaro de Renato Moriconi, No! de David McPhail y Costumes de Jöelle Jolivet.



Pero sobre todas las cosas... lo más que disfruté fue la posibilidad de sentirme parte de una comunidad LIJera. Los rincones gastronómicos y los paseos por esas calles medievales fueron la excusa para coincidir fuera de la feria. Como un buen libro, esos abrazos y encuentros nunca se olvidan.


De hecho, Ana, Elena, Stella (no tengo foto con ella) y Raquela han sido brújulas, puentes y columpios -pese a las distancias, los terremotos, los huracanes, el COVID y todo lo demás- en mi desarrollo como lectora, librera, educadora, investigadora y promotora.



De Bolonia viajé hasta Milán, ciudad natal de un amigo. Allá estuve algunos días, enamorada de Italia, su comida y su gente.

Cuando venía de regreso a Puerto Rico paré en Madrid (donde compré algunos libros más y me regalaron algunos otros). Me tocó bajar sola desde un cuarto piso con las dos maletas llenas de libros que pesaban entre 66 y 77 libras (30 y 35 kilos) cada una. La verdad no sé ni como lo hice. Después tocó una inusual escala en Santo Domingo (República Dominicana) y se armó toda una conmoción: entre que no me querían imprimir mi tarjeta de embarque (porque disque mi pasaporte estaba vencido) y las dos maletas que quisieron registrar. El vuelo estaba supuesto arrancar y se demoraron más de 20 minutos en traer mi equipaje. El pobre muchacho llegó súper fatigado. Tuve que ayudarlo a trepar las cosas sobre el scanner. Y fueron libro por libro, viendo a ver si traía droga. Pues, era sospechoso el tráfico de libros. Me han hecho 20 preguntas, y todos flipaban... no entendían la necesidad de traficar conocimiento. Después, tuve que ayudarles a reacomodar los libros porque, como era de esperar, las maletas no les cerraban. Todo el rato me estuve riendo y ellos también. Todos sabíamos que era absurdo el registro; al final se sintieron mal y no me querían dejar cargar ni el equipaje de mano hasta el avión que estaba esperando por la maestra para salir.


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