Apuntes para formar lectores (en tiempos de crisis)

Updated: Mar 15

Hace unos meses atrás (el pasado agosto) participamos en el Encuentro Latinoamericano de Bibliotecarios, Archivistas y Museólogos (EBAM) que celebró su undécima edición en Puerto Rico. Desde Leamos Más quisimos problematizar sobre el elitismo de la academia, en particular sobre el rol que juega en términos de accesibilidad para la comunidad que no es parte de las instituciones oficiales como la Universidad y los Museos.


Hablar frente a un público en un formato tan elegante fue un gran reto que asumimos pese a los nervios que casi nos traicionan en pleno podio. Valoramos enormemente la oportunidad de abrir diálogos, la incitación a formar parte del EBAM y la "pompeara" que nos empujó a confiar en nuestra apuesta. A continuación, la ponencia que escribimos (porque lo que dictamos al final fue una variación) con algunas ediciones post congreso.



Dice la antropóloga francesa Michele Petit que el mundo entero es un “espacio de crisis” generado por la violencia continua que hace inoperante los esquemas de regulación. Desde ese espacio, afirma que sin la literatura no se sobrevive. O más bien, que es la literatura la que nos rescata “en los momentos de desastres íntimos” y “cuando sobrevienen crisis que afectan a un gran número de personas”.


Las historias han sido tan básicas como el agua para todas las civilizaciones. Ya sea por la tradición oral o la escrita, el encuentro y la convivencia que surge desde y con las palabras nos permite construir sentido, escuchar los ecos de múltiples voces, incluidas las propias, y organizar puntos de referencia simbólicos.


En los años 30, según la socióloga de la lectura Martine Poulain, “la crisis lanzó a millones de estadounidenses a sus bibliotecas”. Para la Segunda Guerra Mundial, la industria editorial apostó por las grandes masas: puso los mejores títulos a disposición de los soldados y los hizo más asequibles. Yoni Appelbaum, periodista de la revista literaria The Atlantic, asegura que la movida fue arriesgada aunque resultó en fortuna para los editores. Generó “hambre por más” libros, desarrolló una cultura de lectores y aumentó las ventas de forma significativa.


Petit recuerda que el flujo de personas en las librerías aumentó también cuando todos los demás comercios caían por la tragedia del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Al mismo tiempo, algo similar ocurría en Francia.


En el 2003, cuando comenzó la invasión de Estados Unidos en Irak, Alia Muhammad Baker se aferró en salvar los libros de la Biblioteca Central de Basora, la segunda ciudad más grande del país. Aunque las autoridades le negaron el permiso para trasladar los libros a un lugar seguro, con la ayuda de vecinos y amigos, la bibliotecaria salvó unos 30,000 libros, es decir el 70% del catálogo y los repartieron entre la comunidad. A los nueve días, esa casa de libros que se había convertido en oficinas de gobierno, fue incendiada y destruida. Alia sufrió una apoplejía y tuvieron que operarla del corazón. Según detalló una revista cultural, en el 2004 se reconstruyó la biblioteca y Alia Muhammad Baker fue nombrada jefa bibliotecaria de la misma.


En los países del Sur de América, que han estado sumergidos en crisis como: la debacle económica, la pobreza extrema y los conflictos armados, la literatura ha permitido un equilibrio social. Y es que tanto en las favelas de Brasil, como en las áreas rurales de Colombia y en los barrios populares de Argentina han apostado por iniciativas de lectura que inciden sobre el autoestima a nivel individual y colectivo de las comunidades. Algunos de estos proyectos son financiados por el Estado, mientras que otros cuentan con el apoyo de organizaciones no gubernamentales o entidades privadas.


En Colombia, por ejemplo, hay organizaciones de alcance nacional, como Fundalectura, que tienen como visión establecerse como el máximo referente en la formación de lectores, principalmente en la niñez y la juventud. Y luego hay proyectos pequeños como el de la biblioteca andante de Luis Soriano, quien viaja a los lugares más remotos en dos burros (Alfa y Beto), o las muchachas que van a pie hasta los barrios más estigmatizados en Bogotá. Todos para facilitar el acceso de libros a niños y niñas. Hay quienes dicen que en este país marcado por el conflicto armado se encuentran las bibliotecas más bellas del mundo y que son las más visitadas también.


“Los libros leídos ayudan a veces a soportar el dolor o el miedo a distancia, a transformar las penas en ideas y a recuperar la alegría: en estos contextos difíciles, he conocido a lectores felices. Vivían en un marco que no predisponía mucho a la felicidad. Su mirada a veces estaba muy marchita. Sin embargo, habían podido asirse de textos o de fragmentos de textos, o de imágenes, a veces, para modificar el curso de su vida y pensar su relación con el mundo”, sostiene Petit.


En el contexto de Puerto Rico, nos alarma todo el esfuerzo del Estado para impedir ese rescate del que habla Petit. Es tan nefasto como habernos privado de agua, a pesar de las ayudas y provisiones que llegaron tras el paso del huracán María.


El ejemplo más concreto es el deterioro de la primera biblioteca pública establecida en el 1903 en San Juan, y que eventualmente se le conoció como la Carnegie. En la década de los 40 llegó a contar con 18 mil miembros y unas 200 visitas diarias. Además, tenía un servicio de bibliotecas rodantes que se estableció en diferentes puntos de la isla con el fin de llegar a las escuelas y a las comunidades más aisladas. En el 1950 todos los servicios fueron transferidos al entonces Departamento de Instrucción Pública. Quince años más tarde la biblioteca tuvo que cerrar por las condiciones deplorables de la infraestructura. Desde entonces, ha sido bien inestable. A tal punto, que al momento permanece cerrada y abandonada a pesar de las promesas que viabilizan fondos para una restauración que no acaba de concretarse.


Cada vez son menos escuelas las que tienen bibliotecas. Las que han ido cerrando han echado a perder sus colecciones, las han tirado a la basura, las han quemado y otras tantas están en los almacenes de la imprenta del Departamento de Educación en Santurce.


La mayoría de las bibliotecas municipales del país operan con horarios limitados y son muy pocas las que facilitan préstamos de libros. Muchas solo ofrecen servicios electrónicos para la comunidad.

El Estado nos ha negado el acceso a buenos libros: haciendo insostenible el mercado, cerrando librerías y editoriales. Particularmente, los editoriales que publicaban libros para niños y niñas A PENAS EXISTEN.


En Puerto Rico HAY solo DOS LIBRERÍAS ESPECIALIZADAS TOTALMENTE EN LITERATURA INFANTIL, Aparicios Distributors y Leo Leo Libros.


La sed es evidente. En hechos tan recientes como las protestas que exigían la renuncia Ricardo Rosselló, hubo varias convocatorias para lecturas colectivas. Se leyó: el famoso chat que le costó el cargo a quien fuese el primer mandatario y a su gabinete, la constitución y libros para niños y niñas.

Cuando pasó el huracán, mucha gente hablaba de cómo retomaron sus hábitos de lectura. Y comentar sobre esos libros era una forma de mantenernos vivos.


En Puerto Rico hay muchísimas personas gestionando con y desde los libros. Hemos conocido muchísimas maestras, bibliotecarias y mediadores que desde sus medios y herramientas buscan socializar la lectura entre la niñez.


Lamentablemente, muchas veces el esfuerzo se siente desarticulado, fragmentado y en vano porque la academia ha sembrado muros, ha tumbado puentes de comunicación y puesto obstáculos para quienes no pertenecemos a esa élite. ¿No se supone que ante la negligencia del Estado para propiciar estos puntos de encuentro que permiten subsistir, la academia juegue un rol de mediador?


Nos urge replantearnos, ¿cómo acercar la lectura a la niñez? o más bien ¿cómo acercar a la niñez a la lectura? Es inminente que haya un lenguaje colectivo para que los proyectos puedan llegar a toda nuestra niñez.


No se trata de enseñar a leer. Ni regalar cualquier libro. Ni mucho menos de hacer manualidades a partir de una lectura. Es más bien transmitir ese posibilidad de construir una casa propia a partir de otras voces.


Cuando regresamos a Puerto Rico de hacer la maestría en Libros y Literatura Infantil y Juvenil, estuvimos trabajando dos años en Vieques. Pese a todas las precariedades que vivíamos como comunidad escolar, los libros siempre nos acompañaron. Las veces que quisimos prohibir la lectura como castigo, el estudiantado se declaraba en huelga. Para ellos no era negociable NO LEER.


Supimos después que en esta comunidad escolar la lectura representaba un arrullo a sus oídos y una caricia al alma. Ellos mismos organizaron un préstamo de libros para poder llevarlos a casa y compartirlos en familia. Nos fascinó siempre la puntualidad que practicaban para seguir saboreando otros libros y cómo los cuidaban.


Una cosa llevó a la otra, esa literatura fue tumbando muros de silencio y abriendo caminos a diálogos sin censuras y profundamente filosóficos. Hasta llegamos a irnos a la playa a leer. Al menos, así es como lo recordamos.


De esas alegrías compartidas aprendimos que más importante que acercar las lecturas, es acompañar en esas rutas a los lectores en formación. Y esa mediación implica reconocer los gustos diferentes de cada persona para dar con las lecturas que les cautivarán.


Tras el paso del huracán María, todos nuestros proyectos se paralizaron. Fue cuando más perdidas nos sentimos en cuanto a este lenguaje colectivo. Habían muchas propuestas y no pudimos entrar en ninguna. Nos dedicamos a leer, para canalizar.


Después de dos años fuera del salón de clases volvimos a una escuela. Entonces, fuimos parte de un grupo pequeño de lectores voraces que se bautizaron como las Jirafas. Y, como siempre, los libros lo fueron todo.


El primer día que llegamos una de las jirafas que, a penas sabía leer, nos aseguró que lo más que le gustaba eran los libros. La lectura era el momento más emocionante del día. Leíamos como manada, leíamos de forma individual, compartimos nuestras opiniones, nos recomendamos libros y teníamos diálogos filośoficos. Hicimos hasta maratones de lectura porque queríamos devorarnos alguna novela, montamos una obra secuela de otro libro y hasta hicimos un museo egipcio a partir de la investigación que llevamos desde los libros. Nuestra primera excursión como manada fue a la Biblioteca Juvenil de Mayagüez y las Jirafas lo contaban como lo más sublime. De Navidad, algunos pidieron libros. Son tantas cosas que pasan a partir de las lecturas que es alucinante.


Insistimos, para formar lectores no tenemos más que compartir la buena literatura, los libros que nos mueven.


Como bien dice el editor y especialista en libros Daniel Goldin “…que la literatura, la cultura y el arte no son productos suntuarios para endulzar la vida espiritual, sino algo que reactiva la ensoñación, el pensamiento y la disposición inventiva]...”.


En plena crisis, nos queda descifrar ¿cómo podemos reactivar esa ensoñación de forma colectiva? Está claro que la autogestión nos ha sostenido pero ¿podremos mantenernos mucho más sin establecer una red de proyectos? Creo que ese es nuestro gran reto.


Luego de presentar nuestra ponencia en EBAM, en el panel nos preguntaron ¿cómo se compite con la tecnología para enseñar el amor por la lectura? Aquí, nuestra respuesta:


La tecnología no es competencia. Es algo que está. Y todos la usamos. La persona que disfrute cocinando, lo hará. Al igual que la que disfrute leyendo. El amor por la lectura no se enseña, se transmite. Como el amor por el arte, el baile o el deporte. Hay que modelarle a la niñez que nos gusta leer, de lo contrario, no podemos esperar ni mucho menos imponerles que les guste. Además hay que garantizarles el acceso a los libros buenos, a los mejores.

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